Presentación de las “orientaciones para el próximo sínodo sobre la nueva evangelización”

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Con fecha 2 de febrero de 2011, la Secretaría General del Sínodo de los obispos ha hecho público el documento llamado “Lineamenta” para la preparación del próximo Sínodo de 2012  que lleva por título: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.

El documento es presentado por una carta-Prefacio del Secretario General del Sínodo, que explica su contenido y objetivos. Parte de la misión universal que Jesucristo encomendó a la Iglesia antes de subir al cielo. Para los tiempos modernos, el Magisterio de la Iglesia ha trazado unas orientaciones que parten del Decreto Conciliar Ad gentes, y, a través de diferentes Asambleas del Sínodo de los Obispos, ha continuado profundizando en el tema de la evangelización y de la transmisión de la fe: así el Sínodo de 1974 con su Exhortación postsinodal de Pablo VI Evangelii nuntiandi, el de 1977, y los diferentes Sínodos de carácter continental, convocados por el Beato Juan Pablo II. “La nueva evangelización es un gran desafío para la Iglesia universal”. De ahí que el Papa haya decidido convocar este Sínodo. “La Asamblea tendrá como finalidad examinar la situación actual en las Iglesias particulares, para implementar… nuevos modos y expresiones de la Buena Noticia que ha de ser transmitida al hombre contemporáneo”. El estudio de los Lineamenta representa una etapa importante para la preparación de la Asamblea Sinodal. Enviados a las Conferencias Episcopales, se desea que sean estudiados a todos los niveles: diócesis, zonas pastorales, parroquias, congregaciones, asociaciones, movimientos, etc. Para ello, al final de cada capítulo se añaden unas preguntas que orienten la reflexión.

 

Los Lineamenta constan de una Introducción, tres capítulos y una conclusión.

La Introducción tiene como cabecera el siguiente texto: “Fui hallado entre los que no me buscaban, me hice manifiesto a los que no preguntaban por mí” (Rom 10, 20). Recuerda el anuncio del tema del Sínodo que hizo el Papa Benedicto XVI al finalizar el Sínodo Especial para Oriente Medio (24 octubre 2010), así como su tema: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. El Papa recuerda que este Sínodo se sitúa en línea con la creación del Consejo Pontificio para la nueva evangelización y con la Exhortación Apostólica Verbum Domini.

Se afirma a continuación la “absoluta centralidad de la tarea evangelizadora para la Iglesia de hoy”. Y se añade: “Verificar la experiencia vivida, nuestra actitud respecto a la evangelización, es útil a nivel funcional, para mejorar aspectos prácticos de nuestras actividades y nuestras estrategias de anuncio. Dicha verificación, más profundamente, es el camino para interrogarnos hoy sobre la calidad de nuestra fe, sobre nuestro modo de sentirnos y ser cristianos. La pregunta sobre la transmisión de la fe no debe plantear solo la búsqueda de estrategias comunicativas, ni siquiera centrarse sobre el análisis de los destinatarios, sino que debe formularse como una pregunta de la Iglesia sobre sí misma, debe cuestionar a la Iglesia en su ser y en su vivir. El problema de la infecundidad de la evangelización hoy, de la catequesis en los tiempos modernos, es un problema eclesiológico, que se refiere a la capacidad o a la incapacidad de la Iglesia de configurarse como real comunidad, como verdadera fraternidad, como un cuerpo y no como una máquina o una empresa.  Citando a EN 15, se recuerda: “En esta doble dinámica, misionera y evangelizadora, la Iglesia no reviste solo el papel del actor, de sujeto de la proclamación, sino también el rol reflexivo de la escucha y del discipulado. En cuanto evangelizadora, la Iglesia comienza con evangelizarse a sí misma”.

Para toda esta tarea es necesario que la Iglesia tenga viva la dimensión de la escucha y del discipulado, ya que la dirección de todo este proceso no está en sus manos, sino en las de Dios. Se habla aquí, por tanto, de un necesario discernimiento: “el anuncio exige que haya antes un momento de escucha, comprensión e interpretación”. La razón es que nos encontramos en un periodo de fuertes cambios que, para muchos, generan miedo y siembran desconfianza. La Iglesia es objeto de sospecha y de críticas, que llegan incluso al rostro del Dios que anunciamos. “La tarea de la evangelización se encuentra así frente a nuevos desafíos, que cuestionan prácticas ya consolidadas, que debilitan caminos habituales y estandarizados; en una palabra, que obligan a la Iglesia a interrogarse nuevamente sobre el sentido de sus acciones de anuncio y de transmisión de la fe”.

Finalmente, se apuntan los elementos sobre los que hay que discernir: la propia afirmación de la nueva evangelización, sus modalidades, su aplicación concreta, sus instrumentos y los desafíos a que hay que enfrentarse.

El capítulo I se titula: “Tiempo de  nueva evangelización” y tiene como cabecera el texto: “Cómo creerán  en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?” (Rom 10, 14).

Se dedica un primer apartado al significado del término “nueva evangelización”, empleado por Juan Pablo II en Polonia, en Haití y luego ya referido a toda la Iglesia. El Papa aclara que “la nueva evangelización no es una reduplicación de la primera, no es una simple repetición, sino que consiste en el coraje de atreverse a transitar por nuevos senderos, frente a las nuevas condiciones en las cuales la Iglesia está llamada a vivir hoy el anuncio del Evangelio”. Más adelante, nuestro documento concreta el concepto de “nueva evangelización” diciendo que es “el esfuerzo de renovación que la Iglesia está llamada a hacer para estar a la altura de los desafíos que el contexto socio-cultural actual pone a la fe cristiana, a su anuncio y a su testimonio, en correspondencia con los fuertes cambios en acto. A estos desafíos la Iglesia responde no resignándose, no cerrándose en sí misma, sino promoviendo una obra de revitalización de su propio cuerpo, habiendo puesto en el centro la figura de Jesucristo, el encuentro con Él, que da el Espíritu Santo y las energías para un anuncio y una proclamación del Evangelio a través de nuevos caminos, capaces de hablar a las culturas contemporáneas”. Se alude, después, a que la expresión es todavía recibida con recelo y sospecha, tanto dentro como fuera de la Iglesia, como si encubriera acciones de proselitismo o de persuasión. Aparece ahora, por primera vez, el término de “patio de los gentiles”, empleado por el Papa en su viaje a la República Checa y en ocasiones posteriores: es necesario habilitar un espacio para que quienes buscan a Dios, aún sin saberlo, puedan de alguna forma encontrarse con El. Estas nuevas formas de diálogo reclaman a los cristianos una especial audacia, que sólo puede venir de la acción del Espíritu Santo.

En un siguiente punto plantea el documento la necesidad de saber leer y definir los nuevos escenarios que han surgido en la historia humana y que son los lugares de la nueva evangelización. El primer escenario es la cultura, marcada por la secularización, que deja su huella en el comportamiento cotidiano de muchos cristianos, aunque en algunas regiones del mundo se asiste a un prometedor renacimiento religioso.

El segundo es el fenómeno migratorio, que produce el desmoronamiento de las referencias fundamentales de la vida y que, culturalmente, lleva un clima de fluidez y “liquidez” dentro del cual no queda espacio para las grandes tradiciones que confieren identidad a las personas y a los pueblos.

El tercer escenario es el desafío de los medios de comunicación social, que ha reducido los límites del mundo, pero que, a la vez, ha favorecido la aparición de un fuerte individualismo y que puede llevar a una sociedad incapaz de memoria y de futuro. La nueva evangelización exige a los cristianos la audacia de hacerse presentes en los nuevos areópagos.

El cuarto escenario es el económico, cuyas manifestaciones son los desequilibrios entre Norte y Sur, en el acceso y en la distribución de los recursos y en el daño a la creación. Es necesario hacer una lectura de toda esta realidad a partir de la voz de los pobres.

El quinto escenario es la investigación científica y tecnológica, con el riesgo de convertirse en los nuevos ídolos del presente y de conducir a nuevas formas de gnosis, que ensalza la técnica como una forma de sabiduría y que estructura la prosperidad y la gratificación instantánea como una religión.

El sexto escenario es la política. Han desaparecido los bloques y han aparecido nuevos actores económicos, políticos y religiosos. En este escenario existen temas y sectores que deben ser iluminados por la luz del Evangelio.

Esta nueva situación interroga nuestra identidad y nuestra fe hasta las raíces. Se  nos invita a hacer una relectura del presente desde la esperanza cristiana. No podemos permanecer cerrados en los recintos de nuestras comunidades e instituciones, sino debemos aceptar el desafío de entrar en esta realidad para ofrecer nuestro testimonio desde dentro. La Iglesia debe salir al encuentro de la necesidad religiosa y el deseo de espiritualidad que se constata en las nuevas generaciones.  Para ello, la nueva evangelización exige encontrar nuevas expresiones  para ser Iglesia dentro de los nuevos contextos sociales y culturales. Esto vale sobre todo para el Primer Mundo, en el que el consumismo y el bienestar, mezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria, inspiran una existencia “como si no hubiera Dios”.

El mandato misionero no ha caducado: ha entrado en una nueva fase. Las Iglesias de antigua cristiandad no pueden ser misioneras si no se preocupan seriamente de los no cristianos de su propia casa. La fe se robustece transmitiéndola. La nueva evangelización es lo contrario a la autosuficiencia y al repliegue sobre sí mismo, a la mentalidad del statu quo y a una concepción pastoral que considera suficiente continuar haciendo las cosas como siempre se han hecho. Es tiempo de que la Iglesia llame a las propias comunidades a una conversión pastoral, en sentido misionero, de sus acciones y de sus estructuras.

El segundo capítulo lleva como título: “Proclamar el Evangelio de Jesucristo” y su cabecera es el texto: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

Partiendo de que la misión de la Iglesia es la traditio Evangelii, se analiza en qué consiste esta transmisión. El evangelio es una palabra viva, es una persona: Jesucristo como Palabra definitiva de Dios, hecho hombre. Transmitir la fe significa crear en cada lugar y en cada tiempo las condiciones para que este encuentro entre los hombres y Jesucristo se realice. El resultado esperado de este encuentro consiste en insertar a los hombres en la relación del Hijo con su Padre para sentir la fuerza del Espíritu. La finalidad de la transmisión de la fe, el objetivo de la evangelización, es llevar por Cristo «al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2, 18)37; ésta es la experiencia de la novedad del Dios cristiano. En esta perspectiva, transmitir la fe en Cristo significa crear las condiciones para una fe pensada, celebrada, vivida y rezada: esto implica insertar en la vida de la Iglesia.

La Iglesia,  por su parte, para anunciar y difundir el Evangelio, debe promover imágenes de comunidades cristianas capaces de articular con fuerza las obras fundamentales de la vida de fe: caridad, testimonio, anuncio, celebración, escucha y coparticipación. Esto se pedía en el Sínodo sobre la Palabra de Dios: que las  comunidades cristianas abran «caminos de iniciación cristiana, los cuales, a través de la escucha de la Palabra, la celebración de la Eucaristía y el amor fraterno vivido en comunidad, puedan desarrollar una fe cada vez más adulta

La pedagogía de la fe debe fundamentarse en dos acciones: la catequesis y el catecumenado. La catequesis, considerada como un proceso de transmisión del Evangelio tal como la comunidad cristiana lo recibe, lo comprende, lo celebra, lo vive y lo comunica, ha de inspirarse en el catecumenado de adultos. Muchas Iglesias locales se han inspirado en este paradigma para reorganizar las prácticas de anuncio y de generación en la fe, dando origen incluso a un nuevo modelo: el catecumenado posbautismal.

Además de ser sujetos de la transmisión, las Iglesias locales son también fruto de esa acción del anuncio y de la transmisión, como lo fueron las primeras comunidades. Los nuevos desafíos se unen hoy a la escasez de presbíteros, al cansancio de las familias, al peligro de echar sobre los hombros solo de los catequistas una tarea que es de toda la comunidad.

Un último punto considera este capítulo: el estilo de la proclamación. Este debe ser el de la “apología” (respuesta), “dar razón de nuestra esperanza” (1Pe 3, 15). En un tiempo durante el cual tantas personas viven la propia vida como una verdadera experiencia del «desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre», el Papa Benedicto XVI nos recuerda que «la Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»

El tercer capítulo lleva como título Iniciar a la experiencia cristiana y como cabecera el texto: «Id pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20).

Comienza planteando que últimamente ha habido en la Iglesia una reflexión y revisión de los itinerarios de introducción a la fe y de acceso a los sacramentos. Se ha hecho madura la conciencia del vínculo que une a los tres sacramentos de la iniciación cristiana. Se ha aprendido a asumir como modelo del camino de iniciación a la fe el adulto y no el niño. Se están revisando también las actuales prácticas bautismales. Con este motivo, se plantea el orden de los sacramentos de la iniciación, sobre todo la Confirmación. Es finalmente un desafío no delegar a los caminos escolares la tarea, propia de la Iglesia, de anunciar el evangelio y de engendrar a la fe. El futuro de nuestras comunidades depende mucho de las energías que se empleen en esta acción de iniciación.

Sobre la urgencia del primer anuncio, el documento recuerda las palabras de Pablo VI que ya urgía a encontrar nuevos caminos para proponer la fe cristiana (EN 51). Este primer anuncio debe hacerse a los no creyentes, y a aquellos que, de hecho, viven en la indiferencia religiosa. La catequesis, en su momento, deberá ayudar a madurar la conversión  y educar en la fe incorporando al convertido en la comunidad.

Es necesario discernir las razones por qué resulta tan extraño a nuestra cultura el discurso sobre Dios, sin olvidar que esta situación atañe también a nuestras comunidades. El olvido de Dios puede convertirse en ocasión de anuncio misionero. La vida nos irá indicando cuáles son los “patios de los gentiles” donde este anuncio puede hacerse real.

Plantea a continuación el documento el vínculo fuerte que se da entre iniciación a la fe y educación. El Papa ha propugnado que la Iglesia puede contribuir a la evangelización y a la iniciación a la fe a través de la acción educativa. Él se refiere con el término “emergencia educativa” a la actual crisis de la educación que experimenta nuestra sociedad. La educación tiende en gran medida a reducirse a la transmisión de determinadas habilidades, o capacidades para hacer, mientras se busca apagar el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colmándolas con objetos de consumo y con gratificaciones efímeras. En este campo la Iglesia, a partir de su rica tradición educativa, puede hacer una valiosa aportación a la sociedad.  Esta tarea educativa debe tener como objetivo lo que el Papa llama “ecología de la persona humana”. El problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas.

Un último punto dedica el documento a los evangelizadores en cuanto testigos. Cualquier proyecto de “nueva evangelización”, cualquier proyecto de anuncio y de transmisión de la fe no puede prescindir de esta necesidad: disponer de hombres y mujeres que con la propia conducta de vida sostengan el empeño evangelizador que viven. Para ello la Iglesia debe realizar una tarea de sostén y de formación de estas personas. Es necesario afirmar claramente la esencialidad de este ministerio de evangelización, de anuncio y de transmisión, dentro de nuestras Iglesias. Es igualmente necesario que cada comunidad considere nuevamente las prioridades en las propias acciones, para concentrar energías y fuerzas en este empeño común de la “nueva evangelización”. Será sobre todo una formación espiritual, una escuela de la fe a la luz del Evangelio de Jesucristo, bajo la guía del Espíritu, para vivir la experiencia de la paternidad de Dios. Puede evangelizar sólo quien a su vez se ha dejado y se deja evangelizar, quien es capaz de dejarse renovar espiritualmente por el encuentro y por la comunión vivida con Jesucristo. Será sobre todo una formación espiritual, una escuela de la fe a la luz del Evangelio de Jesucristo, bajo la guía del Espíritu, para vivir la experiencia de la paternidad de Dios. Frente a los  escenarios de la nueva evangelización, los testigos para ser creíbles deben saber hablar en los lenguajes de su tiempo, anunciando así, desde adentro, las razones de la esperanza que los anima (cf. 1 P 3, 15).

La Conclusión del documento recuerda la presencia de María en los orígenes de la Iglesia, en Pentecostés, y anima a ver el futuro con esperanza, porque la nueva proclamación del mensaje de Jesús infunde alegría y libera.